Clarividencia de un encuentro.
Eran las cinco de la tarde y todavía no había llegado el taxi que llevaría a Carla hasta la casa de la clarividente de Coral Gables, con quien había constatado una cita telefónica para las cinco y treinta. Ella no conocía realmente el lugar donde iría, ni conocía los antecedentes de la prestigiosa profesional de las cosas ocultas, según decía el anuncio del semanario, ella sólo sabía que el día anterior había pagado su consulta con la tarjeta Visa, y también sabía que de perder la cita, no sólo perdería su dinero, que en todo caso era lo de menos, sino que aumentaría la angustia que le producía la espera de una respuesta que la sacaría de aquella duda, la cual venía arrastrando desde muy niña. Cinco minutos después llegó el taxi conducido por un haitiano de complexión fuerte y de cabello blanco —cosa extraña dentro de ese grupo étnico—. Cuando Carla abordó el vehículo le entregó el recorte del anuncio al hombre, quien fugazmente vio la fotografía de la dama, cuya imagen ilustraba la reseña publicitaria, y de inmediato le devolvió el papel a la Joven mujer, que sorprendida por la seguridad del taxista o por lo que fuera, le preguntó:
— ¿Conoce usted esa dirección, señor?
—Sí la conozco, señorita Carla —dijo el hombre mientras ponía su vehículo en marcha.
— ¿Cómo sabe usted mi nombre, señor? —preguntó Carla, con un tono de asombro.
—Usted me lo dijo, señorita —respondió el hombre con particular decencia.
—Pero es que ni siquiera he dicho otra cosa que no fuera preguntarle si conocía la dirección —refutó Carla, con una mezcla de confusión y asombro por el enigmático comportamiento de aquel extraño hombre con su inglés pausado y excepcionalmente bien pronunciado.
—Tal vez tenga razón, señorita Carla, pero es que usted sin advertirlo me ha dicho muchas cosas, e inclusive me sigue diciendo otras más.
— ¿Cómo qué? Dígame alguna de ellas —dijo Carla, ya un poco sosegada y sonriente, por la curiosidad y extraña seguridad que le inspiraba el hombre.
—Así está mejor, porque le percibí muy angustiada cuando entró al auto —dijo el taxista, sin abandonar su sosegada actitud.
—Es cierto lo de angustiada, señor, pero dígame: ¿Cuáles son esas cosas que le he dicho?
—Entre otras cosas, me ha dicho usted que desea consultar a la vidente del anuncio, con el propósito de saber acerca de su padre.
Las últimas palabras del hombre movieron los sentimientos, que a flor de piel, Carla llevaba consigo en el momento en que entró al auto, por lo que rompió a llorar de una manera desconsolada. Fue entonces cuando el hombre detuvo el vehículo a un lado de la calle cinco, antes de entrar al express way. Tomó la cajita de aromáticos toallines y la extendió a la parte atrás del carro.
—Llore todo lo que quiera, señorita, que le hará muy bien —dijo el taxista, con susurrante voz.
El llanto fluyó sin ningún tipo de reserva, mientras el hombre serenamente la invitaba a seguir haciendo esa catarsis que ella no pudo detener hasta transcurridos cinco minutos, justo cuando el hombre le dijo que se tomara todo el tiempo que necesitara, porque él pondría en marcha el taxímetro cuando ella le regalara una sonrisa. Fue entonces cuando ella comenzó a reírse, y lo hizo con la misma facilidad e intensidad que lo hizo cuando comenzó a llorar. Como una mágica veladura que se esfumaba, su rostro quedó libre de aquella mueca de dolor que la acompañaba cuando entró al auto. Finalmente el hombre dijo:
—No creo que sea justo que después de las confesiones que usted me ha hecho, no le dé a conocer mi nombre. Me llamo Philips, y soy, en esta unión de taxistas de South Beach, el número ciento setenta y cinco.
—Yo me llamo Carla, bueno, aunque ya usted lo sabía. Pero estoy muy intrigada por eso de que usted sabe qué voy a consultar con la madame, es decir, lo de mi padre.
—Ciertamente, Carla, usted me lo confesó, aunque debo reconocer que no pronunció palabras al respecto; de tal manera que entiendo la negativa de aceptar su confesión, pero eso no es lo más importante ahora. Puedo percibir que lo más importante para usted es saber si su padre realmente está muerto como se lo hizo saber Margaret, su madre, cuando apenas usted era una niña de cinco años.
— ¡Dios santo! Señor Philips. Cómo es posible tanto conocimiento de mi vida, si yo apenas tengo un mes de haber llegado a South Beach.
—Sí, lo entiendo, un mes acá, pero algunos años en busca de la verdad, estimulada por los recurrentes sueños con su padre —dijo el taxista calmadamente, mientras conducía rumbo al oeste—. Por suerte ya usted lo ha visto en sus sueños, lo que facilitaría su consecución — argumentó finalmente Philips.
—Sí, es cierto, lo he visto tan claro, e incluso he tocado su rostro entristecido. Pero, oiga —interrumpió Carla su propia aseveración—: si usted ha dicho que haberlo visto en mis sueños facilitaría la consecución, ¿quiere decirme con eso, que está vivo, es cierto?
—Sí, es cierto.
De nuevo Carla irrumpió en llanto, pero ya era un llanto de alegría. Tenía fe absoluta en las palabras de aquel hombre y su certeza al hablar. Veinticinco años de su vida cargando con aquella incertidumbre acerca de su padre, y en aquel instante Philips la sacaba de dudas. Ya no se sentía sola en el mundo. Ahora sabía que en algún lugar del mundo estaba su padre, ese hombre que según su madre había viajado de Costa Rica a los Estados Unidos, cuando ella ni siquiera había nacido. Ella sabía que su padre no era un mal hombre porque su madre siempre elogió su caballerosidad y atenciones. Y si su padre no estuvo allí, fue porque desconocía que Margaret estaba embarazada para el momento de la partida. Tal vez su padre, como decía Margaret, Habría retornado a San José cuando ella, su madre, fue enviada a México a tener el bebé. Fue entonces cuando perdió todo contacto con el hombre de su vida, hasta el día que recibió noticias de aquel accidente automovilístico de Miami, en el que supuestamente, José Alberto, su padre, había muerto. Carla nunca criticó de su madre la aparente convicción que tenía ella de la muerte de aquel joven ingeniero, como lo refirieron en el anuncio de prensa en Costa Rica, cuando fue reseñada la trágica muerte de José Alberto. Tampoco criticó a su madre por haber aceptado la versión que los abuelos le daban en aquella carta acompañada de la reseña periodística. Pero la duda nació cuando Carla se enteró que su padre no era ingeniero, sino arquitecto. Si había esperado tanto tiempo para buscar a su padre, había sido por estar cerca de la madre abnegada que fue Margaret —hija de una familia norteamericana radicada en Costa Rica—, ya que ella nunca vivió con los abuelos maternos, quienes se habían quedado en San José manejando la importante manufacturera textil de la familia, y cuidando de la honra que exigía la clase social a la que pertenecían. Margaret, en medio de aquella tristeza que la acompañó desde el momento que supo de la muerte de José Alberto, y que paulatinamente la condujo a su propia muerte, le confesó a su hija que, en la más profundo de su alma sentía que José Alberto vivía, y que nada la haría más feliz que ella se encontrara con su padre.
En la ciudad de México, madre e hija habían hecho sus estudios universitarios. Gracias a la benevolencia de los abuelos ricos —como siempre los calificó Carla, quien se recibió de arquitecto, al igual que la madre—, establecieron un centro de arquitectura y diseño.
Ahora Carla estaba allí, en aquel taxi y junto a ese hombre que parecía saberlo todo. Enjugó sus lágrimas con los toallines, mientras las preguntas se apilonaban en la mente, sin que ninguna de ellas pudiese salir, entre tanto, el silencio reinaba en la medida que el taxi avanzaba por el exprés way. El silencio fue roto por el taxista, quien le preguntó a Carla, que si con ella tenía alguna fotografía de su padre. Ella dijo que sí, mientras buscaba afanosamente en la pequeña cartera de piel que llevaba dentro del bolso. Cuando la consiguió se la extendió al hombre, quien la tomó sin apartar la vista de la vía. La pasó a su mano izquierda y tomó el volante con la derecha. Así estuvo unos cinco minutos manoseando el retrato ante la creciente incertidumbre de Carla, quien guardaba silencio. Luego el hombre habló:
—Su padre está muy bien, señorita Carla, y vive aquí en Miami.
— ¿Cómo puede usted saber eso? —inquirió Carla, en medio de la alegría que le producía aquella noticia.
—Porque él me lo está diciendo ahora —respondió el hombre, mientras concentraba su atención en lo que podría ser una suerte de acto de clarividencia.
El hombre salió de la express way, a la altura de Coral Gables y condujo en dirección al lugar reseñado en el anuncio de prensa. Mientras seguía concentrado en su acto de clarividencia.
— ¿Usted cree, señor Philips, que podríamos saber dónde conseguir a mi padre?
—Seguro que podríamos, señorita Carla, pero creo que hemos llegado al lugar que señala el anuncio que usted me mostró. La madame está en el segundo nivel de este edificio, primera puerta a la derecha —dijo Philips, con absoluta seguridad.
—Señor Philips, por favor, salgamos de aquí. Creo que ya no voy a necesitar los servicios de la madame. Estoy dispuesta, señor Philips, a pagar lo que usted considere por el servicio de informarme acerca de mi padre. Aparte, desde luego, del costo de su servicio de taxi.
El hombre guardó silencio mientras giraba su automóvil y se regresaba por la Ponce de León, hasta que, a la altura de Giralda, cruzó y estacionó su taxi en un parquímetro, al que le puso monedas. Luego fue hasta la puerta por donde saldría Carla, quien se bajó del auto sin decir nada en el momento. El hombre le indicó con su mano izquierda, aún con la fotografía en la mano, que siguiera adelante por la acera. Fue entonces cuando Carla preguntó confundida:
— ¿Adónde vamos?
—A buscar a su padre —respondió el hombre con una impresionante serenidad.
— ¿Usted me quiere decir que mi padre está aquí? — preguntó Carla en medio de un temblor que le invadía todo su cuerpo, y que a duras penas le permitía estar de pie.
—Ahora no está, pero estará. Lo esperaremos en un lugar más confortable que el carro.
Algo superior le decía a Carla que debía confiar en aquel hombre, que por demás, se veía respetuoso. Pero todo aquello que le estaba ocurriendo parecía realmente mágico, porque de ningún punto de vista tenía sentido real. ‹‹Sí, mágico››, eso era, y la magia no existe, según decía su maestro de crecimiento espiritual — pensó ella—. Sin embargo, podría ser aquello un milagro, y aquel hombre un ángel. Comenzó a orar en silencio y para sí, mientras esperaban el cambio del semáforo para pasar del otro lado de la avenida donde se veía un café.
—Nos tomaremos un café, o lo que usted desee en ese lugar, hasta que se dé el milagro del que usted venía pensando, Carla.
—Dios quiera, mister Philips. Quiero decirle que: ocurra lo que fuere a ocurrir, usted, a partir de este momento pasará a formar una parte muy importante de mi vida. Dios quiera sea la más importante, porque la ilusión que tengo en este instante es tan enorme que, de hacerse todo esto realidad, mi nueva vida comenzaría hoy.
—La fe, acompañada de la oración, es buena —dijo Philips.
—Muchas cosas podría preguntarle en estos momentos, acerca de lo que está ocurriendo, pero usted hasta me lee el pensamiento, de tal manera que prefiero que me hable de todo esto —dijo Carla, mientras se sentaba en la silla que le había ofrecido el taxista. Luego él se sentó en la silla del otro lado de la pequeña mesa.
Después de ordenar café para ambos, el taxista comenzó a platicarle pausadamente sobre el poder de la fe y la oración; lo hizo con un discurso tan fluido, que Carla pensó que aquel hombre era, probablemente, pastor de alguna iglesia cristiana, aparte de ser un incuestionable clarividente, o si había algún otro calificativo de más poder, también eso sería.
La conversación se había hecho tan amena, que Carla olvidó por completo toda relación con el tiempo y con el propósito que la había llevado allí. Transcurridas dos horas en el lugar, y después de haberse tomado algunos jugos de frutas, ella insistió en que Philips le aceptara una cena en aquel u otro lugar que él escogiera; a fin de cuenta ella le había dicho, con suma prudencia, que pagaría todo su tiempo de trabajo mientras él estuviera a su lado. Philips aceptó cenar allí mismo porque, según él, aquel era el lugar correcto para comenzar la búsqueda.
Después de la cena, tomada en el mismo lugar donde antes habían tomado el café, y una vez que Carla retornó del baño de la cafetería, Philips le confesó que aquel lugar era el sitio preferido de su padre, quien, en cualquier momento haría su entrada al lugar. Carla entró de nuevo en ese estado de confusión, propio de quien recibe una noticia inesperada, por lo que Philips le sugirió que era conveniente que fuera de nuevo al baño para que desahogara el llanto y para que se maquillara un poco. Además, le hizo saber que su demora intencional en aquel lugar favorecería el encuentro.
—Procure, Carla, no salir sin su lindo maquillaje, ya que a su padre le encantaría verla bien.
—Pero cómo él va a saber que soy su hija, si quien realmente tiene la referencia de su existencia soy yo.
—No se preocupe por eso, Carla, porque cuando él la vea lo sabrá, además, de ser necesario, yo lo confirmaría. Entonces Carla cobró su confianza y una seguridad que no se explicaba de dónde venía, aunque sabía que quien se la proporcionaba era aquel hombre que estaba allí, esperando que ella se fuera al baño de nuevo, cosa que hizo dentro de la calma que le fue posible.
Cuando entró el padre de Carla por la puerta del cafetín, los empleados del lugar lo saludaron, mientras él afablemente respondía al saludo, entre tanto se dirigía a la mesa contigua a la que ocupaba Philips. Era, José Alberto, un hombre de apariencia juvenil a pesar de sus cincuenta y cinco años. De complexión fuerte, pero como bien lo visualizaba Carla, de mirada triste.
Philips no perdió tiempo en abordarlo, lo cual hizo de una manera muy particular: Le extendió la fotografía que le había dado Carla, y que aun conservaba consigo. Cuando José Alberto Tomó el retrato en sus manos se sorprendió sobre manera, y sin mirar siquiera a Philips, miró al respaldo de esta, y comprobó, aún más sorprendido, que allí estaba la dedicatoria en inglés que él le había hecho a Margaret.
— ¿Cómo llegó esto a sus manos, señor? —fue la pregunta intempestiva de José Alberto, considerablemente sorprendido.
—Me la acaba de dar su hija, es decir, la hija suya y de Margaret. Esa niña que no usted conoció, porque usted se vino a los Estados Unidos sin saber que ella estaba embarazada —dijo Philips, procurando ahorrar tiempo en el proceso de información.
La mirada de José Alberto se quedó fija en el rostro de Philips como tratando de sacar de aquellos ojos reposados, más información de la que, magistralmente, Philips le estaba suministrando.
—Y ¿Cómo sabe usted de esto que me está platicando?
—Eso es lo de menos en estos momentos. Lo que usted, José Alberto, debe saber es que su hija está en el baño, y en cualquier momento saldrá de allí con la ilusión de ver a su padre, a quien prácticamente lo busca desde el mismo momento de su nacimiento. Ella ha venido desde México para eso, y sólo para eso. Por favor, no la desilusione.
—Todo esto me confunde, señor... ¿cómo me dijo que se llamaba? --- preguntó José Alberto, quien comenzaba a temblar de la emoción.
—Me llamo Philips —respondió el hombre, mientras ponía su mano derecha sobre la izquierda de José Alberto—. Me complace mucho saber que el padre de Carla es un buen hombre, que, además, merece tener a su lado el hermoso resultado de aquel amor que no has olvidado. Sé que la presencia de Carla disolverá toda esa tristeza que te ha embargado desde que supiste que Margaret había sido enviada a México. Es bueno que sepas dos cosas muy importantes, antes de hablar con Carla. La primera es que: Margaret fue enviada contra su voluntad a México. Lo hicieron sus padres con el propósito de que tuviera su bebe allá. La segunda es que: lamentablemente, Margaret murió de tristeza y aún amándote, aunque no convencida de una supuesta muerte tuya, aquí en Miami —concluyó Philips, mientras se ponía de pié, y le daba unas palmadas en la espalda a José Alberto.
— ¿Cómo es posible que todo esto haya ocurrido, Dios? —dijo José Alberto, sin levantar su rostro cubierto con las manos que temblaban.
—Iré al baño. Suerte —dijo Philips, mientras apretaba los dos hombros de José Armando en gesto paternal.
José Armando se quedó solo, sumido en el dolor de saber que su amada Margaret había muerto, pero también dentro de la alegría de saber que tenía una hija. Una hija: la bendición de aquel amor, su único amor, porque después de Margaret, jamás pudo consolidar una relación estable. Recordó que en su retorno a San José, la madre de Margaret le había dicho que su hija se había ido voluntariamente a realizar estudios a México, sólo eso. ‹‹ ¿Cuánto Habría sufrido Margaret?››. Fue ese el pensamiento que de una manera repetitiva venía a su mente, mientras el mesonero colocaba sobre la mesa, la habitual taza de café con biscochuelos —servicio que por años, y a la misma hora, José Alberto recibía en aquella cafetería.
Cuando Carla llegó a la mesa se sorprendió de no ver allí a Philips, por lo que su mirada se dirigió a diferentes lugares del local, en busca de su ángel protector. Fue tal su ensimismamiento en la búsqueda de aquel buen hombre que le había hecho vivir el momento más hermoso de su vida, que no se percató que estaba siendo observada por la persona que estaba sentado contiguo a su mesa. En el momento en que ella intentó sacar la silla para sentarse en el mismo lugar donde estuvo sentada antes de ir al baño, escuchó una voz que le decía: ‹‹Eres tan parecida a tu madre, que bien podría decir que Margaret ha vuelto para sacarme de esta tristeza.›› Cuando Carla escuchó el nombre de su madre, dirigió la mirada hacia el hombre que estaba allí, con la vista fija en la taza de café. Fue tanta la impresión que le causó aquella coincidencia, que alargó su mano y levantando la barbilla del hombre, comprobó que aquel era su padre. Ese indescriptible momento en que padre e hija se abrazaron, quedó registrado en el historial de aquel cafetín de Coral Gables. De Philips no se supo nunca más, a pesar de que padre e hija indagaron por todas las uniones de taxis de Miami. Ni por las características físicas, ni por el nombre, hubo posibilidad de reconocer, mucho menos de conseguir, al taxista de South Beach que le devolvió la alegría de vivir a José Armando, y a Carla, el padre que siempre quiso tener a su lado.
Roberto Infante Sttenger.
Domingo, 24 de octubre de 2004
domingo, 31 de enero de 2010
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